Historia de la piedra

Cuando llegaron a lo más alto del puerto de Las Muñecas, Pozurama estaba tan harto de discutir con su compañero Goitia que, en su mente, había pasado de amigo del alma a compañero de chatos, pasando por conocido y de ahí a hijo de la gran chacurrada. Pozurama llevaba un rato callado, tragando bilis, escuchando incómodo, mordiéndose la lengua para no reñir.

-¿No dices nada, pues? -le interpeló Goitia, al tiempo que interrumpía la marcha para divisar el valle de Sopuerta.

Y Pozurama callaba.

-Mira que desde aquí veo tu casa y no me parece caserío de postín. Parece cuadra grande.

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Pozurama ya no pudo más. Se quitó la chapela y se la iba a lanzar a la cabeza de Goitia. En el último instante, se detuvo, con ella en la mano. La chapela no hacía daño ni golpeando de canto y se le iba a embarrar. Así que Pozu resolvió:

-Una pedrada te doy, pero ya.

Acto seguido, comenzó a buscar una buena piedra con la que partirle el cráneo a su amigo del alma. Goitia, mientras, le miraba entretenido. Andaba Pozu agachado, mirando el suelo como si buscara piñutelas (níscalos) donde no crecían, apartando hierbas y matorrales en pos de una piedra, un canto anguloso de bordes romos y canteados que hiciera daño de verdad. Pero todo el suelo estaba tapizado de verde. Musgo, hierba, helechos y demás. Ni una vieja y honrada piedra caliza vizcaína. Como si la lluvia eterna huviera disuelto el óxido de calcio de la cumbre de la montaña.

-¡Pozurama, vamos!

Pozu asintió, de mala gana. Decidió postergar su pedrada y supeditarla al hallazgo de un guijarro en condiciones. Se pusieron en marcha en silencio, adentrándose en el valle del sosiego, Pozurama agachado, casi a cuatro patas, bajando por el camino hurgando por las lindes. Sin embargo, las lindes estaban amojonadas con postes de madera y con estacas y no con muros de mampuesto. Porfió en las cunetas y las acequias, aunque estaban compuestas con caballones de arcilla compactada y bien verdes y lozanas, en lugar de placas de arenisca.

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Llegaron a Sopuerta y fueron cruzando el pueblo, de solariegas casas aisladas. A Pozu se le había enfriado un poco el ánimo, pese a que Goitia no paraba de criticar. Cuando pasaron por el cementerio, le soltó otra puya.

-¡Anda Pozurama, que más que en Sopuerta parece que vivas en Avellaneda!

Ahí Pozurama ya no pudo más. Agarró lo que pilló más a mano, que fue una lápida que estaba apoyada a la tapia y apuntó a la cabeza de Goitia, lanzando la lámina de granito como si fuera un frisbi.

Goitia se agachó ágilmente y la lápida siguió su trayectoria hasta impactar con la fachada de la casa de Pozurama, que del golpe quedó maltrecha y se vino abajo parcialmente.

Quedaron Goitia y Pozurama delante de los escombros y éste habló:

-Te reconozco, Goitia, que ahora mi casa ya no parece caserío.

De entre los cascotes sacó la cabeza la mujer de Pozurama.

-¡A ver como arreglas esto, Pozurama! ¿De dónde vas a sacar piedras nuevas para los muros, pues?

Cuando el alcalde oyó eso, se apresuró a ordenar que enterraran los dólmenes de Munarrikolanda para que Pozurama no los empleara de material de construcción. Y así siguen, enterrados bajo tierra, convertidos en falsos túmulos.

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Ahora los carteles interpretativos parecen querer explicar el propio bosque, la misma esencia de las Encartaciones.

 

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